Francisco Durrio - page 11

“el arte contemporáneo comienza a seducirme”
María Paz Jiménez a su regreso de París, en 1948
Este grupo fue la punta de lanza del incesante goteo de creadores vascos que
durante la siguiente década arribaría a París para completar su formación,
muchos de ellos recibidos y orientados por un Durrio que con los años se
convirtió en el equivalente de José Echena en Roma, es decir, en el cicerone
de todo compatriota. Ángel Larroque (llegado en 1894), Nemesio Mogrobejo
(1894), Francisco Iturrino (1895), Julián Ibáñez de Aldecoa (1895), Vicente
Berrueta (1896), Higinio Basterra (1898), Alberto Arrúe (1900), Benito
Barrueta (1900), Quintín de Torre (1901), Aurelio Arteta (1902) y Juan
de Echevarría (1903) son sólo algunos de ellos. Como sus predecesores,
frecuentaron los ambientes de la bohemia y recurrieron principalmente a las
academias libres, en las que se ejercitaban con el mod lo del natural y recibían
las periódicas correcciones de unos maestros a tiempo parcial. Se inscribieron
en la Academia Gervex –también conocida como de La Palette–, la Academia
Colarossi o la más frecuentada Academia Julian. Al margen de los salones
oficiales y de los de los independientes, contaron con diversas galerías, como
Le Barc de Boutteville (Uranga en 1897), Vollard (Picasso e Iturrino en 1901,
y este último de forma individual en 1902, 1904, 1907 y 1911), Silberberg
(Ricard Canals, Regoyos, Losada y Uranga en 1902) o Kanhweiler (Durrio y
Girieud en 1907).
Como ya sucedió con ocasión de la guerra
francoprusiana, la Primera Guerra Mundial motivó un
paréntesis en la presencia de vascos en París, además
de un retorno masivo de aquellos que en 1914
estaban en la ciudad. Pero la verdadera migración
se había iniciado años antes, con el desplazamiento
de la agitación creativa hacia el sur, de Montmartre
a Montparnasse. Exagerando un tanto la situación,
allí arriba prácticamente sólo quedaba Paco Durrio,
el guardián de una bohemia como nunca más sería.
El sentimiento de pérdida de una Arcadia de juventud,
inherente a toda generación en su madurez, se manifestó en el pensamiento
expuesto por Zuloaga a Uranga en 1933: “Aquí me tienes a mí en este París,
que ya no tiene nada de aquel París de nuestros tiempos. Todo se acaba”.
Pablo Uranga.
Catálogo
de la exposición en Le Barc
de Boutteville en 1897.
Francisco Durrio y su círculo artístico
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Mikel Lertxundi Galiana
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